Me gustaría no tener que preguntarme constantemente qué tengo que decir, no tener que deducir lo que se espera de mí para amoldarme a esas expectativas. Me gustaría sentirme libre, segura, respaldada, validada sin más, por ser yo. Una yo vulnerable, intensa, llena de preguntas sin respuestas, entusiasmada por seguir aprendiendo y sobre todo creciendo. Una yo a veces segura porque muestra la parte que ha reparado después de haber sido rota en mil pedazos, pero otras insegura y frágil porque hay pedazos que todavía no han encontrado su lugar, o que no sabe cómo reparar sin que queden grietas por las que se cuele el frio.
Me encantaría decirte que ya estoy ahí, que ya he llegado a ese punto. Pero no. Porque esa versión de mí incomoda. A veces incluso duele. Duele cuando soy incapaz de transmitir con las palabras adecuadas lo que siento y se interpreta de forma incorrecta. Y es que muchas veces no es fácil traducir en palabras esa profundidad que siento dentro. Y la cago. Meto la pata como cuando mi padre iba por los bares de Canadá pidiendo osos sin alcohol en lugar de cervezas.
Y entre la dificultad de traducir lo que siento a un idioma comprensible y la incomodidad que puede generar al receptor, muchas veces la elección sigue siendo callarme. Esconderme. Decido encubrir la parte más rica de mí en pro de una versión superficial. Complaciente. Fácil. Agradable.
Pero cada elección trae consigo una ganancia y una pérdida. Y para mí esta elección trae mayor aceptación y pertenencia acompañadas, paradójicamente, de mayor soledad. De no sentir espacio seguro el lugar a donde pertenezco. De sentir que de alguna manera no termino de encajar. De sentirme, una vez más, una oveja negra.

Y no juzgo a nadie; cómo hacerlo si durante años era a mí misma a quien le incomodaba estar conmigo. Era yo quien necesitaba cualquier distracción para no quedarme a solas conmigo, con mis pensamientos, con mis heridas, con mis preguntas. Diría que por suerte esto ya no es así. Pero qué cojones, no ha sido suerte. Ha sido trabajo en mí. Ha sido paciencia para ir recogiendo cada uno de esos trozos rotos y con cuidado pegarlos de nuevo en su lugar.
Así que me quedo con eso. Con pensar que igual que he encontrado, por fin, ese lugar seguro en mí, quizá algún día encuentre el modo de trasladar lo que llevo dentro a las palabras adecuadas y la elección se decante más por mostrarme que por esconderme. Y tal vez en ese momento encuentre más rebaños de ovejas negras en el mundo y deje de sentirme distinta.
O puede que entienda que la magia sucede al revés: que mi lenguaje no necesita traducción, sino interlocutores que hablen mi mismo idioma, y que estos solo aparecerán cuando me desnude de verdad, cuando me quite las capas y apague los filtros.
Quizá algún día uno de esos momentos llegue. O quizá ya ha llegado atreviéndome a compartirte esto.
Albert Einstein: «La persona que sigue a la multitud normalmente no irá más allá de la multitud. La persona que camina sola probablemente se encontrará en lugares donde nadie ha estado antes».
Te veo en aquellos lugares inexplorados.
Con (c)alma, Noemi


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